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    Horismós, syllogismós, asápheia : el problema de la obscuridad en Aristóteles
    (Universidad de Navarra, 2002)
    El adjetivo “obscuro” es un arma arrojadiza en las discusiones filosóficas. Basta reprochar al contrincante su “obscuridad” para descalificarlo. “Tu razo- namiento es obscuro”, “no eres claro”, “la definición es obscura”, son expre- siones frecuentes y no pocas veces denotan la arrogancia del interlocutor. La frase “Esta definición es obscura” equivale eventualmente a la trillada y retó- rica interjección “¡No está claro!”, “¡no lo veo!”. Cabe, entonces, preguntar de quién es el problema, si de quien “no ve” un argumento o un análisis, o de quien se ha expresado con falta de “claridad”. Por lo pronto, el término “obscuridad” y su opuesto “claridad” proceden del mundo físico. Aplicar los adjetivos obscuridad y claridad al pensamiento es una metáfora más o menos afortunada, como cuando se describe la filosofía como “ciencia de todas las cosas a la luz natural de la razón”, pues la razón no es una fuente de luz, ni el entendimiento “ve”2 . De esta suerte, descalificar al oponente con el epíteto “obscuridad” es, cuando menos, un recurso retórico. En buena lid, se deben explicar o enunciar las condiciones de la “claridad” epistemológica antes de sepultar al oponente bajo el fango de la obscuridad. De lo contrario, la imputación es improcedente y deviene un arma sofística, camuflada, eso sí, bajo el disfraz de rigor científico. © Cuadernos de Anuario Filosófico
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